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martes, 19 de diciembre de 2017

¿Qué es la demencia por cuerpos de Lewy?

Quizás sea una enfermedad menos conocida que las que ya hemos tratado a lo largo de este blog, pero la demencia con cuerpos de Lewy se considera el segundo tipo de demencia degenerativa más frecuente, después de la enfermedad de Alzheimer. Para conocer más sobre su origen debemos citar al doctor Frederich Heinrich Lewy, quien descubrió la presencia de unas estructuras redondeadas y anómalas extendidas de manera difusa por el cerebro, denominándolas cuerpos de Lewy. Actualmente, se ha investigado que se encuentran por regiones corticales y subcorticales, formados por estructuras proteicas. Estas estructuras también se encuentran en pacientes que padecen Parkinson, y más de la mitad de las personas con cuerpos de Lewy desarrollan posteriromente síntomas de la enfermedad de Parkinson. Es por ello que resulta difícil su diagnóstico diferencial, ya que comparten muchos rasgos comunes.

Pero, ¿qué distingue a esta demencia del resto? Además de la sintomatología motora, inicialmente también se presentan alucinaciones vívidas, altibajos atencionales, hipersomnia diurna, incontinencia urinaria, síncopes, alteraciones cognitivas... por otra parte, la memoria no suele estar afectada en su inicio, en contraposición a las alteraciones visuoespaciales y de las funciones ejecutivas. Así, otras manifestaciones psicológicas, como ansiedad, depresión o apatía, son más evidentes en esta demencia que en el resto.

Llegó un momento en el que no podía hacerse cargo de su medicación. A veces estaba muy triste, con la mirada perdida, sin moverse del sillón. Hubo un hecho clave para mí: un día, cuando le solicité que me sacara unos billetes de tren (algo que normalmente hacía), me pidió varias veces que le repitiera a qué hora y para dónde era... "espérate, que lo voy a anotar...". Parecía que no se enteraba y se quejó de no poder tomar nota. "Hija, estoy muy nervioso, no puedo escribir porque me tiembla la mano... repíteme". Fue la última vez que pudo sacarme el billete de tren. Más tarde descubrimos que era el inicio del temblor parkinsoniano típico de esta demencia. Un tiempo después, hablando por teléfono para preparar una celebración familiar, verbalizó: "no vais a conseguir hacerme la encerrona. Como sigáis con el complot que tenéis contra mí, voy a tener que tomar medidas...". Estaba paranoide, suspicaz, autorreferente.

Testimonio de un familiar de un paciente con cuerpos de Lewy.


Como vemos, las alucinaciones en la demencia con cuerpos de Lewy se acompañan de ideas delirantes, muy establecidas, elaboradas y de fuerte contenido paranoide, incluso persecutorio. En cuanto a la fisiología de la enfermedad, gracias a las técnicas de neuroimagen estructural se ha descubierto cómo se produce una atrofia en la corteza cerebral, afectando a la expansión de los ventrículos. Si lo comparamos con un envejecimiento normal, el índice de atrofia es tres veces superior tras el diagnóstico de cuerpos de Lewy. Por otra parte, el hipocampo se ve más preservado que en la enfermedad de Alzheimer, lo que indica por qué la memoria funciona mejor en pacientes con cuerpos de Lewy. 

En este sentido, el principal problema a la hora de diagnosticar, evaluar y tratar esta dolencia es la confusión que existe con otros daños neurodegenerativos: por ejemplo, el tratamiento farmacológico no solo no produce mejoría, sino que agrava la sintomatología secundaria (son pacientes sensibles a los neurolépticos, fármacos que suelen usarse para tratar las alucinaciones).

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sábado, 16 de diciembre de 2017

Psicoestimulación cognitiva en personas mayores

La psicoestimulación cognitiva es una herramienta terapéutica muy recomendable para mantener el estado cognitivo y mejorar la calidad de vida y la autonomía de los pacientes con demencia, sobre todo en pacientes que están en las primeras fases de la enfermedad. En este sentido, hasta en un 75% de los casos de demencia leve-moderada este tipo de terapia puede utilizarse como estrategia terapéutica, resultando beneficioso tanto para el paciente como para la familia. Es por ello que la estimulación cognitiva es una de la terapias no farmacológicas más utilizada y eficaz, sobre todo si es combinada con otras actividades como leer, escribir, practicar juegos de mesa, hacer puzles, escuchar música...

Adentrándonos en el contenido de la mayoría de programas de psicoestimulación cognitiva podemos destacar que abarcan un conjunto de estímulos que pretenden incrementar la actividad de las habilidades cognitivas (atención, calculo, memoria, lenguaje, razonamiento y praxias) para así mantener preservadas las funciones intelectuales el máximo tiempo posible y poder restaurar la autonomía de la persona mayor. En este sentido, no se trata de una sobreestimulación desorganizada, sino de una estimulación lo más individualizada posible y, por lo tanto, adecuada a las capacidades funcionales.

Los pasos para aplicar este tipo de programas pueden seguir la siguiente estructura (Arriola e Inza, 1999):

1. Realización de un examen cognitivo para conocer el estado de los pacientes.
2. Formación de los grupos: se recomienda grupos de unas 15 personas y subgrupos de trabajo de 2- 4 personas, lo más homogéneas posibles.
3. Aplicación del programa en un período de 10 – 12 semanas. Al cabo de dos meses se podrá realizar una valoración, ya que en este periodo de tiempo se puede comenzar a ver una evolución en los pacientes.
4. Evaluación final: una vez concluido el programa, se realizará una evaluación de la funcionalidad de este mediante el mismo examen cognitivo realizado en el primer punto.  



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viernes, 8 de diciembre de 2017

Una introducción al abordaje y tratamiento del Parkinson

Actualmente, el tratamiento farmacológico es la opción mayoritaria para tratar los síntomas de la enfermedad de Parkinson. Concretamente, la levodopa es el fármaco que mejora la sintomatología motora, capaz de transformar en dopamina las células dopaminérgicas del cerebro. No obstante, tanto la levodopa como otras sustancias dopaminérgicas pierden eficacia a lo largo de los años, posiblemente al progresivo avance de la muerte neuronal. Además, en muchos pacientes se desarrollan efectos secundarios considerables, como delirios, alucinaciones, discinesias o períodos de ineficacia (fase off del tratamiento).


Como hemos hablado en entradas anteriores, los pacientes que sufren Parkinson padecen otros muchos problemas no motores que no provienen directamente de la pérdida de dopamina. La depresión o la ansiedad, por ejemplo, afectan casi a la mitad de los pacientes (Rothstein, 2010). Esto sugiere que pueden ser síntomas inherentes a la enfermedad, posiblemente relacionados con alteración de neurotransmisores a nivel cerebral. No obstante, no hay evidencias concluyentes, ya que también podrían originarse como consecuencia de vivir con el conocimiento de que se sufre un trastorno neurodegenerativo.

Por ello, resulta fundamental un apoyo psicológico y una intervención multidisciplinar que se desarrolle más allá del ámbito farmacológico, ya que muchos síntomas severos de la enfermedad residen en factores no motores. Para llevarlo a cabo, es necesaria la colaboración de distintos profesionales, desde médicos a psicólogos, así como la del propio paciente y sus familiares. Mejorar la calidad de vida es el objetivo fundamental, de ahí que sea fundamental la prevención de los síntomas conductuales y afectivos (adoptando medidas cognitivas y funcionales en el entorno), detectarlos, diagnosticarlos y tratarlos utilizando terapias psicológicas como las siguientes, todo ello con el fin de reducir el consumo de fármacos.


Para más información:

Rothstein, T. L., Warren C. (2010). La cara oculta de la enfermedad de Parkinson. Mente y cerebro, 40 (73-81).

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viernes, 1 de diciembre de 2017

Principales manifestaciones clínicas de la Enfermedad de Parkinson

Para poder conocer mejor una de las principales afecciones que afectan a las personas en proceso de envejecimiento, a continuación describiremos de una forma divulgativa las principales características que definen a la enfermedad de Parkinson.

Pese a que desde la antigüedad se conoce la existencia de pacientes con dificultades motoras y temblores, la enfermedad de Parkinson fue descrita como tal a principios del siglo XIX por James Parkinson, médico británico de quien lleva su nombre. En su tratado An essay on the shaking palsy (1817) denominó a la enfermedad como una parálisis agitante, describiéndola como «aquellos movimientos temblorosos involuntarios, con disminución de la potencia muscular en partes del cuerpo en reposo, incluso si se sujetan, con propensión a encorvar el tronco hacia adelante y a pasar de caminar a correr; los sentidos y el intelecto permanecen indemnes». En términos neurofisiológicos, la enfermedad de Parkinson puede definirse como una afección neurodegenerativa caracterizada por la pérdida progresiva de las neuronas dopaminérgicas de la sustancia negra mesencefálica (concretamente, de su parte compacta y de sus proyecciones al núcleo estriado). Esta pérdida provoca una disfunción progresiva de determinados circuitos de los ganglios basales, implicados en el control motor (Jiménez-Jiménez, 2008).


La enfermedad de Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente después de la de Alzheimer, afectando casi a un 1% de la población mayor de 65 años. Actualmente, y tras numerosos estudios e investigaciones sobre la misma, su etiología sigue siendo actualmente desconocida, aunque existe un amplio consenso sobre la implicación de factores genéticos y ambientales que desencadenan el inicio de la enfermedad. En este sentido, es sumamente conocida la sintomatología de tipo motor que caracteriza a esta enfermedad, como son los temblores (el síntoma más conocido, aunque no siempre presente), la lentitud en el movimiento o bradicinesia (el más característico y necesario para el diagnóstico), la rigidez o aumento del tono muscular, la inestabilidad en la postura y la dificultad en la marcha, entre otros síntomas. Sin embargo, en las últimas décadas se están evaluando de igual modo los trastornos no motores, en especial los que afectan a la capacidad cognitiva (como son las funciones ejecutivas y visuoespaciales, y las manifestaciones emocionales y conductuales: depresión, ansiedad, falta de control de impulsos…), que llegan a ser incluso más incapacitantes que el propio componente motor.

No obstante, esta sintomatología no solo aparece en personas mayores, sino que también puede afectar a personas de menor edad: aproximadamente el 20% de los pacientes diagnosticados son menores de 40 años. Su diagnóstico no es tarea fácil: se basa en la anamnesis y en la exploración neurológica del paciente, y es fundamental realizar un diagnóstico diferencial con otras enfermedades neurodegenerativas y una valoración de la evolución clínica y de la respuesta farmacológica para su confirmación. 

Actualmente, no existe una farmacología que cure ni evite la progresión de la enfermedad, aunque tanto el tratamiento quirúrgico como el farmacológico pueden aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida del paciente. En nuestro país se calcula que pueden padecer esta enfermedad unas 120.000 personas, una cifra que podría aumentar de forma significativa debido al incremento de la esperanza de vida y al envejecimiento progresivo que actualmente está padeciendo nuestra sociedad.


Para más información:

Arnedo, M., Bembibre, J., Triviño, M. (2012). Neuropsicología. A través de casos clínicos. Madrid: Médica-Panamericana.

Jiménez-Jiménez, F. J., Luquin, M. R., Molina, J. A., Gurutz, C., eds. (2008). Tratado de los trastornos del movimiento, vol. I, 2ª ed. Barcelona: Viguera Editores.


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lunes, 27 de noviembre de 2017

¿Qué alteraciones se producen en el desarrollo de la Enfermedad de Parkinson?

A continuación, resumimos en una breve entrada los principales factores que influyen en el desarrollo y mantenimiento de la Enfermedad de Parkinson:
  • Alteraciones conductuales: trastornos de control de impulsos, como la hipersexualidad, ludopatía, compras compulsivas, atracones, punding (realizar una tarea o afición de forma adictiva)… También puede producirse un síndrome de desregulación dopaminérgica (tomar la medicación de forma compulsiva) o un déficit atencional.
  • Trastornos del sueño: Son altamente frecuentes; un tercio de los pacientes presentan insomnio, sueños muy vívidos, somnolencia diurna o alteración del ciclo sueño-vigilia.
  • Memoria: dificultad para manejar información previamente adquirida y, ocasionalmente, para el recuerdo de sucesos autobiográficos (lugares, momentos...) y de conocimientos generales sobre el mundo (memoria semántica).
  • Alteraciones del lenguaje: poca fluidez verbal, disartria, lentitud en el discurso, escasa entonación y pobreza en la construcción de las frases.
  • Alteraciones afectivas: la labilidad emocional se incrementa, con expresiones emocionales y sentimentales excesivas e inapropiada. También destaca la disprosopeya y el llanto o risa patológicos.
  • Ideas delirantes y psicóticas, como alucinaciones visuales y delirio de celos o de perjuicio, normalmente por efectos secundarios inducidos por la medicación dopaminérgica.
  • Otras alteraciones autonómicas: estreñimiento, aumento de sudoración, hipotensión ortostática, disfunción sexual, síntomas urinarios, pérdida olfativa, alteraciones visuales, fatiga, cansancio, dolor y trastornos sensitivos no explicados por otros motivos.

En definitiva, se producen numerosos cambios sustanciales en la vida diaria de la persona que sufre la enfermedad de Parkinson y también en la de sus familiares. Además de los factores motores, muchos de los cambios producidos afectan a su conducta, a su cognición y a su estado emocional. Por todo ello, estos síntomas agravan la enfermedad, traduciéndose en un deterioro de la salud y en un empeoramiento de la calidad de vida.


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sábado, 25 de noviembre de 2017

Factores cognitivos, afectivos y conductuales implicados en la Enfermedad de Parkinson

Es sumamente conocida la sintomatología de tipo motor que caracteriza a la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, en las últimas décadas se están evaluando de igual modo los factores no motores, en especial los que afectan a la capacidad cognitiva (como son las funciones ejecutivas y visuoespaciales) y las manifestaciones afectivas y conductuales (depresión, ansiedad, falta de control de impulsos…), que llegan a ser incluso más incapacitantes que el propio componente motor.

Los factores cognitivos en la enfermedad de Parkinson suponen un continuo que va desde la normalidad hasta la demencia, pasando por estadios intermedios en los que pueden sufrir un deterioro leve sin que el rendimiento cognitivo se vea funcionalmente afectado. Si nos centramos en las posibles alteraciones que pueden sufrir, un componente fundamental del deterioro cognitivo reside en el síndrome disejecutivo, que se caracteriza por una alteración en la iniciación, planificación, abstracción y formación de conceptos, así como una rigidez cognitiva, una escasa capacidad para resolver problemas o una gran sensibilidad a la interferencia. También es frecuente la alteración en la atención sostenida y dividida, además de una reducción en la velocidad del pensamiento.

El deterioro visuoespacial es otro de los factores cognitivos más relevantes que conlleva la enfermedad de Parkinson. Implica a la capacidad para representar mentalmente la forma de los objetos, su localización o su movimiento, lo que puede repercutir, por ejemplo, en tareas cotidianas que requieran orientarse.

En relación a los factores afectivos y emocionales, el aspecto más relevante es la incidencia sobre el estado de ánimo, destacando la apatía, ya que a medida que la persona toma conciencia de que sus dificultades, ello influye en su actividad cotidiana, pudiendo sentirse decaído y desanimado. Es en este punto donde los problemas cognitivos pueden interactuar con los síntomas emocionales y afectivos. En este sentido, en la enfermedad de Parkinson también se han descrito frecuentemente alteraciones generales del estado de ánimo, como depresión y/o ansiedad, y otras más específicas relacionadas con la expresión y reconocimiento de emociones. Por ello, es posible que características como la tendencia al aislamiento social, la soledad e, incluso, la sintomatología depresiva, tengan relación con la dificultad para identificar y expresar estados afectivos en las situaciones sociales (Fernández, 2007).

Respecto a los estados depresivos, aparecen con mayor frecuencia que en la población general y son considerados por algunos autores como posibles predictores del desarrollo de la enfermedad, dado que suelen aparecer incluso antes que los síntomas motores (Arnedo, 2012). La depresión en la enfermedad de Parkinson se asocia a una mayor rapidez del deterioro de las funciones cognitivas y motoras, influyendo de manera importante en la calidad de vida. En este sentido, los afectados con síntomas de rigidez y dificultad para iniciar el movimiento (sobre todo a una edad temprana) tienen mayor probabilidad de padecer trastornos depresivos (Merello, 2008).


Como vemos, se producen numerosos cambios sustanciales en la vida diaria de la persona que sufre la enfermedad de Parkinson y también en la de sus familiares, muchos más aún de lo que comúnmente se sabe sobre esta dolencia. En ocasiones, la situación resulta estresante si son síntomas demasiado intensos o si su duración es demasiado prolongada en el tiempo, interfiriendo en la vida social, familiar, laboral y emocional de la persona. Por todo ello, estos síntomas agravan la enfermedad, traduciéndose en un deterioro de la salud y en un empeoramiento de la calidad de vida, siendo fundamental intervenir sobre ellos de manera eficaz mediante, por ejemplo, psicoestimulación, de la que hablaremos también en este blog.


Para más información: 

Arnedo, M., Bembibre, J., Triviño, M. (2012). Neuropsicología. A través de casos clínicos. Madrid: Médica-Panamericana.

Fernández Espejo, E. (2007). Bases moleculares de la enfermedad de Parkinson. Mente y cerebro, 22 (81-87).

Merello, M. (2008). Trastornos no motores en la enfermedad de Parkinson. Revista de Neurología, 47 (261-270).


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Mariela Bustos Ortega. Con la tecnología de Blogger.